Vivimos en una era de optimización. Desde objetivos de conteo de pasos hasta puntajes de exámenes estandarizados, definimos cada vez más el éxito a través de métricas fácilmente cuantificables. Esto no es accidental; es un cambio fundamental en la forma en que abordamos los valores. Si bien conceptos abstractos como sabiduría o comunidad siguen siendo deseables, el mundo moderno se basa en valores mecánicos : objetivos explícitos y mensurables que priorizan la coordinación y la comparación por encima de todo. Pero este enfoque implacable en lo contable tiene un costo.
La filosofía de las reglas
El problema central no es sólo que los valores mecánicos parezcan superficiales. Es que representan un tipo específico de regla, una que prioriza la precisión algorítmica sobre el juicio humano. La historiadora Lorraine Daston identifica tres concepciones distintas de reglas: principios, modelos y algoritmos. Los principios son pautas flexibles que deben aplicarse con discreción (como “mostrar, no decir” en la escritura creativa). Los modelos se basan en la emulación, lo que requiere comprensión y contexto (“¿Qué haría Jesús?”). Los algoritmos, sin embargo, exigen un cumplimiento ciego, eliminando por completo los matices.
Este enfoque algorítmico no surgió con las computadoras. Fue impulsado por una necesidad del siglo XIX de abaratar la mano de obra. Al reemplazar a los trabajadores calificados con procedimientos estandarizados, las corporaciones y los gobiernos podrían contratar mano de obra no calificada y garantizar resultados consistentes y auditables.
De los principios a los algoritmos: el caso de las recetas
Considere cocinar. Las recetas más antiguas se basaban en el criterio (“batir 2 o 3 huevos hasta que estén viables”), mientras que las recetas modernas exigen precisión (“agregar 2 tazas de caldo, cocinar a fuego lento durante 30 minutos”). Este cambio no se trata simplemente de conveniencia; se trata de control.
La clave para entender esto es que la forma antigua es confusa pero real, mientras que la nueva forma es precisa pero artificial. El chef que se niega a mirar el indicador de temperatura lo entiende perfectamente. No quiere obsesionarse con un número e ignorar la compleja interacción de variables que realmente determinan la calidad de su pizza.
El costo de la accesibilidad diseñada
La desventaja de la precisión algorítmica es sutil pero profunda: devalúa la experiencia y promueve la reemplazabilidad. Cuando el éxito se define únicamente por resultados mensurables, los individuos se convierten en piezas intercambiables en un sistema diseñado para lograr la máxima eficiencia.
No se trata sólo de mano de obra; se extiende a todos los aspectos de la vida.
Cuando adoptamos valores mecánicos, nos volvemos perfectamente reemplazables al valorar y juzgar lo que es importante. Cuanto más priorizamos los logros cuantificables, menos valoramos las cualidades no cuantificables que hacen que la vida tenga sentido.
En conclusión, el auge de los valores mecánicos es una característica definitoria del mundo moderno. Si bien ofrecen eficiencia y coordinación, también amenazan con eliminar los matices, el juicio y la conexión humana que realmente importan. La elección es nuestra: continuar optimizando para lo mensurable o recuperar la esencia desordenada e impredecible de lo que significa ser humano.































